Algas, indispensables…

Posiblemente, las algas sean la primera forma de vida que se desarrolló en el seno de los océanos  y, por ello, contengan en sus más primitivas características todo el potencial, energía y vitalidad que se les atribuye.

Tradicionalmente, las algas han sido utilizadas en la alimentación de todo el mundo, no tanto por sus propiedades gastronómicas como medicinales; y aunque durante muchos años han estado olvidadas en las despensas de las cocinas occidentales (en comparación con las de tierras de Oriente), actualmente, y por fortuna, se está dando un resurgir de este nutritivo manjar.

Variedades como la nori, la wakame o la kombu son típicas de la dieta japonesa pero no debemos olvidar que, en nuestras costas gallegas, también disponemos de un amplio repertorio de algas propias del Atlántico, como el espagueti de mar, el musgo de Irlanda o el fucus.

Como nos ayudan…

Son numerosos los estudios que se han realizado para comprobar los beneficios de estos vegetales de mar (si queremos llamarlos así) sobre pueblos que se han estado alimentando de ellas durante años. De este modo, se ha podido corroborar su importancia sobre la esperanza y la calidad de vida de las personas. Aportan yodo al organismo, lo cual es indispensable para la correcta función tiroidea y para tratar el bocio, disolver  grasas y depósitos de mucus. Actúan sobre los procesos anímicos por la cantidad de hierro que poseen y fortalecen los huesos con su calcio. El zinc y el selenio refuerzan el sistema inmunitario. En general, previenen la acidosis, el

estreñimiento, la obesidad y la arteriosclerosis; y nos depuran,  gracias a su acido algínico, de sustancias tóxicas y desechos corporales, pues reducen la toxicidad de metales pesados como el cadmio, presentes en el tabaco de todo fumador,… entre otras muchas propiedades.

Su uso puede ser tanto interno como externo, pues no debemos olvidar su importancia en tratamientos estéticos donde no solo se utilizan para limpiar y nutrir la piel, sino que también combaten el envejecimiento, favorecen la circulación, y reducen la celulitis y las estrías.

Además de todas estas ventajas son ricas en proteínas, valiosas porque contienen gran cantidad de aminoácidos esenciales, necesarios para nuestro organismo ya que este no puede producirlos, lo que las hace fácilmente digeribles. Por otro lado, son pobres en carbohidratos y azúcar, siendo por ello poco calóricas, tolerables para los diabéticos e imprescindibles en periodos de crecimiento, convalecencia, embarazo y dietas adelgazantes. Sus ácidos grasos son fundamentalmente poliinsaturados, ricas en omega 3, reducen el colesterol. Y también son precursoras de prostaglandinas, regulando el sistema inmunitario, la coagulación, la tensión arterial y los procesos inflamatorios.

Entre las vitaminas que poseen, son ricas en vitamina C, antioxidante requerido en un gran número de reacciones metabólicas; vitamina E, gran antioxidante y antienvejecimiento; betacarotenos necesarios para la vista, la piel y todos los tejidos en general; y vitaminas del grupo B, especialmente en B12, escasa en las personas vegetarianas. Pero para gozar de todas ellas es mejor no cocerlas demasiado, bastará  con ponerlas en remojo simplemente. Entre sus minerales poseen calcio, hierro, sodio y magnesio. Se caracterizan por tener entre 10 y 20 veces más minerales que las verduras terrestres. Ellos las hacen alcalinizantes y desintoxicantes de la sangre. Y como oligoelementos, contienen yodo, zinc, silicio, cobalto, cromo y manganeso, imprescindibles para todas las funciones vitales.

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